Día de la artillería: ¿De dónde viene la devoción de los artilleros por Santa Bárbara?

04/12/2018

Explicación de la historia de Santa Bárbara, y del motivo de su patronazgo del arma de Artillería, exponiendo las varias leyendas sobre la Santa, así como las vicisitudes de sus reliquias y su situación actual
Todos los años, a finales de noviembre, los cuarteles de Artillería de prácticamente todo el mundo se empiezan a revolucionar. Algo diferente flota en el aire, algo que interfiere el normal desarrollo de los programas de instrucción de las unidades. Se suceden las competiciones deportivas y los llamados juegos cuarteleros, se escucha la explosión de los petardos y algunas noches, la música dura hasta bastante después del toque de silencio. Y el jefe lo sabe, y no solo eso sino que además lo permite; es más, incluso participa en algunas cosas. ¿Se han vuelto locos los artilleros? ¿El ruido de sus cañones les ha afectado al cerebro?

Por fin, a principios de diciembre, el día 4 por lo general, los cuarteles amanecen limpios y adornados con sus mejores galas, dispuestos a acoger a cuantos ilustres visitantes, y no menos ilustres familiares y amigos de los artilleros, quieran ir ese día a acompañarlos en la celebración de la festividad de Santa Bárbara, patrona del arma.

Bueno, sí, esto es lo que sabemos todos. Y también sabemos que seremos obsequiados con una buena traca al acabar la parada militar, pero: ¿por qué Santa Bárbara es la patrona de la Artillería? Además coincide que también es patrona de los mineros y de unos pocos gremios más que tienen en común que su herramienta de trabajo son los explosivos. ¿Era una Santa dinamitera?

Las referencias a la Santa son muy antiguas, parece que vivió en el siglo III, pero no se puso por escrito nada de su historia hasta muchos años después de su muerte, en el siglo VII. En esa centuria aparecieron las actas de su martirio, con lo que fue incluida en la colección de Metafrastes y en los martirologios posteriores.
En resumen la historia de Santa Bárbara es como sigue:

Un poderoso ciudadano llamado Dióscoro tenía una hija cuyo nombre era Bárbara; y a partir de este punto nos encontramos con varias versiones. Según una de ellas, su padre la encerró en una torre para protegerla del acoso de los hombres debido a su extraordinaria belleza y ella, en la soledad de su encierro, llegó a la conclusión de que los dioses a los que adoraba su padre debían ser falsos porque eran casi como los hombres, y por lo tanto no era posible que hubieran creado toda la belleza que veía desde su ventana. Un día el padre dio por finalizado el encierro de la bella, que llevada por sus inquietudes sobre los dioses, entró en contacto con los cristianos del lugar, quienes le hablaron de Cristo y de la doctrina que vino a predicar. Este Dios que acababa de conocer sí que satisfizo todas sus inquietudes, por lo que su conversión al cristianismo fue inmediata.

En otra variante de la historia, la virgen es encerrada por el padre no por su extrema belleza, sino para evitar su conversión. Pero, y esta es la parte misteriosa de la historia, aparece un monje haciéndose pasar por mercader que la instruye. Lo que queda sin explicar es cómo sabía el monje de las inquietudes de la joven y, más difícil todavía, cómo consiguió acceder a ella con la suficiente frecuencia como para convertirla a la nueva religión.

A partir de aquí las dos historias convergen en que es bautizada por ese monje disfrazado, y ya la tenemos convertida en cristina a espaldas de su padre.

Aprovechando un viaje de Dióscoro y que le estaban construyendo un baño en la torre en la que estaba cautiva, Bárbara mandó abrir una ventana adicional a las dos que ya existían, como símbolo de la Santísima Trinidad.

Al volver su padre, la muchacha se declaró cristiana, y este la azotó y la llevó ante el prefecto que la mandó torturar y por último la condenó a muerte. Sobre este proceso también hay otra variante: la Santa escapa de su padre y se esconde en una cueva, incluso se abre una montaña para permitirle escapar, pero al final es delatada por unos pastores y conducida ante la justicia.

El fanatismo del padre le llevó a solicitar ser él quien ejecutara a su hija, a lo que accedió el prefecto.

Después de la ejecución y en castigo por sus actos, un rayo lo mató antes de que volviera a su casa.
Junto a ella murió otra cristiana, llamada Juliana, compañera de cautiverio y martirio, sus cuerpos fueron recogidos por un hombre llamado Valentín, quien les dio sepultura. En la tumba los milagros empezaron a producirse y las curaciones difundieron la devoción a la Santa.

El problema surge a la hora de poner un escenario a esta historia, el mencionado Metafrastes la sitúa en Heliopolis (Egipto), otros en Nicomedia —donde se dice que estuvo su sepulcro original—, Roma, Antioquía...

Tampoco es fácil fechar su vida ya que el único dato que puede extraerse del relato es el nombre del emperador bajo cuyo cetro sucedieron los hechos, y aparece unas veces con el nombre de Maximino, pero otras como Maximiano, con lo que podría tratarse de Maximino I (235-238), pero también de Maximino Daza, cuyo reinado comenzó en el 305.

En cualquier caso esta historia, o mejor estas historias, explican el martirio de la Santa, pero no su patronazgo sobre todo lo que tiene que ver con los explosivos, porque relacionar el rayo que mató a Dióscoro, o mejor el trueno que lo acompañó, con el estampido de una explosión parece ser una explicación algo forzada. Sin embargo, si buscamos un poco más en los martirologios nos encontraremos que existe otra versión de los hechos, mucho menos conocida y de origen menos claro, que sitúa la historia en una ciudad llamada Hippone, en el norte de África.

Ahora el padre se llama Alypius, hombre ilustrado y conocedor de determinadas artes pirotécnicas, como el preparar mezclas incendiarias. Su hija, Bárbara, siguió los pasos de su padre, ayudándolo en sus estudios, y juntos descubrieron una mezcla explosiva.

Bárbara ingresa en el convento de Santa Perpetua, y permanece allí hasta que en el año 430 la ciudad es atacada por los vándalos y su padre la reclama para poner sus conocimientos al servicio de la defensa de la plaza.

Durante los combates muere Alypius, por lo que el secreto del nuevo explosivo solo es conocido ahora por su hija que, durante 14 meses, usa los conocimientos de pirotecnia recibidos de su padre para mantener a los atacantes a raya.

Pero al final los bárbaros consiguen penetrar en la ciudad, y Bárbara se reúne en el convento con las demás religiosas. Al llegar los atacantes al edificio, la Santa lo hace volar por los aires mediante cargas explosivas que había preparado con antelación, evitando así caer en sus manos tanto ella como sus compañeras.

Ahora sí, ya tenemos definida una relación entre Santa Bárbara y los explosivos, y por extensión, con la Artillería.

Tras las leyendas volvemos a lo que puede ser Historia: su cuerpo fue llevado a Constantinopla en el siglo VI, y en el siglo IX el emperador León VI el Sabio edificó una iglesia en su honor y trasladó allí sus restos.

Pero allí permanecieron poco tiempo, ya que un siglo más tarde fueron entregados a los venecianos —entonces independientes— gobernados por el dogo Pedro II Orseolo, ya que su hijo Juan se había casado con una princesa griega llamada María Argyropoula, que aportaba las reliquias de la Santa como parte de su dote. Y según una versión de la historia, estos restos siguen en Venecia, donde son venerados en una iglesia de la Compañía de Jesús.

Claro que también se encuentran iglesias con sus restos en Reti, Piacenza, Mantua, Papua y algunos otros sitos.

Esto no quiere decir que la historia sea falsa, ni que la Santa tenga l don de la ubicuidad, sino que es un fenómeno frecuente, proveniente de la Edad Media, al que los historiadores cristianos ya se han acostumbrado y no le quita credibilidad a la historia, solamente pone el matiz de que la verdad está mezclada con los abusos de la credibilidad de la gente de la época.

Hay otra versión de la historia en la cual los restos permanecen en poder de la Iglesia griega, hasta que una princesa de ese país (según algunas fuentes hija del emperador Comnenos) llamada Bárbara contrae matrimonio con un príncipe de Kiev llamado Sviatopolk Iziaslavovich, MIjail según otros documentos consultados. También aquí las reliquias forman parte de la dote y son trasladadas al monasterio de San Vladimir, en la capital ucraniana.

Pero este no fue el último viaje de los restos, ya que debido a la invasión napoleónica fueron trasladados a la isla de Murano y encontraron alojamiento en el templo de San Martín, donde permanecen hoy en día.

Sin embargo estas dos versiones no son excluyentes, sino que parece que cada una puede referirse a una parte de las reliquias originales ya que una parte de las mismas, que se encontraban en la iglesia de San Marcos, de Venecia, fue trasladada al santuario de Santa Bárbara, en el municipio de Ática (Grecia).

La cuestión es que, sea por el trueno del rayo que mató a Dióscoro, o sea por el estampido de la pólvora que derribó el edificio, la muerte de la Santa está ligada a las explosiones. Puede ser ese el motivo de su vinculación con artilleros, mineros y otras profesiones. La primera referencia que tenemos de esta relación es la mención que hace en 1500 fray Sebastián Coll de la Cofradía de Santa Bárbara de los Artilleros. La iconografía la representa normalmente portando la palma del martirio y con una torre con tres ventanas, en alusión al lugar de su encierro; no es extraño que estos símbolos se complementen con un cáliz o unos cañones.

Atención Carlos Figueroa

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