La Eucaristía no sólo es acción comunitaria, sino que debe aparecer también como tal
12/04/2011

Uno de los adjetivos que hoy más se repite es que la liturgia es comunitaria; con ello se quiere insistir en que pertenece a toda la asamblea. De esta afirmación, incluso, se abusa…
El Concilio afirma la realidad comunitaria, pero es un adjetivo un tanto limitado: «siempre que la naturaleza de la celebración lo permita -señal de que no siempre es posible- se ha de preferir la celebración comunitaria» (SC n. 26). Este matiz de la Eucaristía se había casi olvidado. (Aún hoy se dice con frecuencia que el sacerdote celebra la Misa).
El Vaticano II ha recuperado el importante matiz. Pero no se ha de exagerar. La mayor parte de las celebraciones son comunitarias, pero no lo son todas y las que lo son, lo son con diversas intensidades. La Eucaristía y la Liturgia de las Horas son comunitarias en grado superlativo.
Todos en estas dos celebraciones participan con la misma intensidad, aunque ejerzan funciones diversas. Son también comunitarias (aunque en grado menos intenso) el Bautismo o la Unción de los enfermos o el Matrimonio (la comunidad participa con su oración, pero no recibe estos sacramentos).
Los modos prácticos deben, pues, ayudar a vivir la Eucaristía siempre como acto comunitario. El ministro que representa a Jesucristo tiene ciertamente un papel muy distinto, pero ni es él el único que celebra, ni celebra con más intensidad; quien celebra es toda la asamblea.
Pero no es suficiente decir que la misa es comunitaria, hay que vivirla como tal, y debe celebrarse de manera que el matiz de manifieste. La voz del que preside, por ejemplo, sólo debe destacarse sobre la de los otros participantes cuando el ministro habla en nombre del Señor.
La plegaria eucarística es el momento más destacado de este su ministerio y durante esta plegaria la asamblea debe escuchar, en silencioso respeto, la oración del ministro como voz de Jesucristo. En cambio, cuando el celebrante, junto con el pueblo, reza el Padre nuestro -oración de toda la asamblea- o el Gloria a Dios en el cielo, debería alejarse del micrófono, no sea que la asamblea continúe pensando que el ministro dice la Misa y los fieles la oyen o la siguen.
Hay incluso algunas fórmulas (v. gr. El Cordero de Dios o la aclamación de la anamnesis: Anunciamos tu muerte) para las que está explícitamente mandado que no las pronuncie el celebrante, sino sólo el pueblo. Para lograr que la celebración aparezca y se viva como acción comunitaria es necesario que en los modos de actuar -ministros y asambleas- creen un verdadero ambiente de diálogo entre el que preside y la comunidad celebrante.
El ministro debe pronunciar destacadamente sus oraciones presidenciales para que la celebración manifieste sacramentalmente la presencia de Cristo, cabeza de la Iglesia, pero la asamblea, por su parte, ha de manifestar con sus intervenciones que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, toma parte en la acción y ofrecerse también ella misma con el Señor, como lo expresa claramente la Plegaría Eucarística III: «Te ofrecemos, Padre, la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad…para que fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu…y nos transformamos en ofrenda permanente».
Aquí aparece claramente el ofrecimiento por parte de la asamblea del sacrificio de Cristo y la participación de los fieles cobra su expresión más alta. En efecto, los fieles no ofrecen simplemente sus dones, sino principalmente el verdadero y único sacrificio del Nuevo Testamento.
En vistas a que esta participación de los fieles quede bien manifestada, el Vaticano II estableció muy expresivamente que «en las celebraciones cada cual, ministro o fiel, debe hacer todo y sólo aquello que le corresponda» (SC n. 28). En las partes comunitarias, por tanto, la voz del pueblo se tiene que oír como la del que preside; este, pues, tiene que evitar decir las oraciones comunitarias de tal forma que no ahogue las voces de la asamblea.
Prensa Arzobispado de Salta
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