Don Insula, teatro de rupturas

Después de un año fuera de las tablas, el grupo de teatro independiente Espacio In-verso, repuso Los sueños muertos de don Ínsula de Idangel Betancourt que vuelve a escena este fin de semana. Es una obra cargada de símbolos, tanto en el lenguaje poético verbal, como en los demás elementos de la puesta en escena: vestuario, utilería, iluminación, escenario.

El texto surgió como una propuesta de un director cubano, Mario Junquera, a Betancourt para reescribir teatralmente Pedro Páramo de Juan Rulfo. Sin embargo, no se trata de una transposición al teatro de la novela del escritor mexicano, sino que se toman algunos elementos que hacen al principio constructivo y se los representa como un constante vaivén entre silencio y melodía, entre fusión y disgregación del espacio y del tiempo que se perciben con una lentitud y densidad angustiantes, de complicidad y distancia entre los personajes del pueblo dominado por el poder de su dictador.

“Barlovento tocará al son del mediodía; mediodía es ahora y lo es siempre”. Ésta es la realidad de Barlovento, como la de Comala, el pueblo que imaginó Juan Rulfo. El tiempo pareciera ser siempre el mismo, tiempo estancado de nuestra realidad americana. Un mundo donde sólo se escuchan ecos de voces apagadas por la tiranía de un “cacique”.

Si bien la obra fue producida en un contexto cubano, fue estrenada en Salta en diciembre de 2007 en Salta y se adaptó, para la puesta en escena, con elementos culturales del norte argentino. Elementos que fueron remarcados en la versión –sin dudas más intensa que la anterior- que Espacio In-verso presentó el pasado fin de semana en la sala Mecano de la Casa de la Cultura y que volverá a reponer el sábado 6 de junio a las 21 horas en la misma sala.

Un escenario roto por el silencio

En Los sueños muertos de don Ínsula, como en Pedro Páramo, la incertidumbre constante entre la vida y la muerte, entre el silencio y la música representan el conflicto por la identidad de lo americano y, por eso, las rupturas permanentes que dan cuenta de estas realidades.

El espectador también es parte de esta búsqueda por la identidad, pues la percibe como el desafío para unir la riqueza de elementos no sólo de la historia misma, sino también del escenario, de la iluminación y vestuario, de los ritmos y melodías, del sincronizado trabajo corporal de los actores, de los juegos de palabras y la deconstrucción fonética del texto.

En efecto, en el escenario, todas las formas cobran sentido. Desde el espacio triangular delimitado por el público hasta el trabajo geométrico con las luces y la precisión de todos los movimientos. Del mismo modo, cobra sentido la farsa que está presente como elemento crítico al mundo creado y a la sociedad. En los juegos entre los personajes se pone en duda la imposición y la mirada única, hay también una sutil crítica de la expresión religiosa utilizada como una oferta turística para El Visitante, en una ceremonia cuya melodía recuerda a las fiestas patronales del Señor y la Virgen del Milagro.

En la obra, un visitante (Idangel Betancourt) llega a Barlovento en busca de su padre, Don Ínsula (Betancourt) e intenta infructuosamente una melodía en un mundo acallado por la opresión de Don Ínsula. Los personajes Longina y Adarbala (Noelia Gana), El Mago (Pablo Aguierre) y Sepulturero (Víctor Pagano) forman parte de este pueblo fantasmagórico y de la realidad conflictiva del mundo latinoamericano.

Como en Pedro Páramo, todos los personajes son fantasmas, almas en pena que buscan inútilmente en la persona que llega desde fuera del “infierno” un alivio a sus padecimientos. Así, la oposición vida/muerte se repite en otra serie de oposiciones por las que El visitante (o en Pedro Páramo, Juan Preciado) sospecha que ese mundo es inerte: paz vs. guerra; memoria vs. olvido; gozo, placer, alegría vs. dolor, suplicio, tristeza; claridad vs. oscuridad; realidad vs. idea; prosperidad vs. infertilidad; certeza vs. sospecha; tiempo eterno vs. tiempo estancado; música, armonía, voz vs. silencio, ruido, eco, etcétera.

Pero a partir de esa sospecha, comienza ya a formar parte de ese mundo Estos términos opuestos, contradictorios entre sí, que están en juego tanto en Los sueños muertos de Don Ínsula como en Pedro Páramo, muestran el profundo conflicto de la realidad americana, su búsqueda de autenticidad entre un logos occidental dominante y la cosmovisión originaria de América.

Dentro de este marco conflictivo de oposiciones, hay también una serie de elementos compositivos de la obra que aportan a la conformación del mundo de lo “real maravilloso”. Encontramos, rupturas en el uso del tiempo, del espacio, de las voces, de las características de los personajes; pero sobre todo la representación de un ambiente en permanente conflicto por la búsqueda de su identidad.

Esta doble ruptura espacio temporal (la de los acontecimientos y la de las convenciones teatrales) forma parte del ambiente de lo real maravilloso y del espacio fantasmagórico de Barlovento.

Además de las rupturas cronológicas, hay otro aspecto importante en el tratamiento del tiempo. Tanto en Rulfo como en el texto de Betancourt, nos encontramos con una realidad estancada, tiempo muerto por la sumisión a Pedro Páramo y a Don Ínsula, respectivamente.

En Comala como en Barlovento, se percibe el paso del tiempo con una lentitud y una densidad angustiante, la muerte parece ser la única medida del tiempo: la muerte eterna; los personajes se mueven en un “mundo sin historia”. “El reloj de la iglesia dio las horas, una tras otra, una tras otra, como si se hubiera encogido el tiempo”, dice un narrador externo en Pedro Páramo; “No hay tiempo sino desecho”, dice Adarbala en Los sueños muertos de Don Ínsula.

“La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros”, declara Pedro Páramo. También Don Ínsula impone en Barlovento su voluntad y así mata la historia: “Y como la noche estorba, declaramos el mediodía como única hora de este pueblo”.

Así, a lo largo de toda la obra se reitera que el pueblo vive en un eterno mediodía, vive eternamente en la hora más calurosa. Pero esta eternidad es justamente la eternidad de un tiempo estancado; no se trata del tiempo eterno. En Los sueños muertos de Don Ínsula se logra este efecto con la repetición de algunos parlamentos que hacen referencia al mediodía eterno como la única hora de Barlovento, al sinsentido de la vida o al olvido.

La sumisión de Barlovento en el olvido eterno no sólo es causa de las fiestas de Don Ínsula. La principal causa del olvido es la imposición de una melodía única; Don Ínsula sólo permite que se ejecute la música que él creó: “Hombre ninguno cantará solo”. Don Ínsula es, pues, el dictador que no admite la diferencia y la multiplicidad de opiniones o de voces. Su preocupación vital fue la de acallar toda otra melodía que no fuera la suya y así fue apabullando a su pueblo hasta dejarlo condenado en el olvido.

El visitante llega a la isla para seguir la obra de su padre y busca que alguien ejecute la trompeta según las indicaciones de éste. Pero, a lo largo de toda la obra, no consigue sacar ninguna melodía de ella. Es que el viento no es un viento de libertad sino que viene de los vicios autoritarios de Don Ínsula, quien maneja la música y la historia del pueblo. Así, en una relación metonímica con el instrumento, dicha historia está condenada al silencio en el eterno tiempo estancado del pueblo, está condenada al aislamiento de sus integrantes por la censura de la música.

El contrapunto americano

Frente a esta imposibilidad de creación musical en Barlovento, encontramos distintas formas de manifestación de la libertad. Uno de estos aspectos, el de la ruptura espacio-temporal, ya lo vimos; recalcamos aquí que se trata de una ruptura con lo “normal” y lo “canónico”. Pero también en otros sentidos, no sólo los formales, se manifiesta la libertad, oponiéndose y a la vez cuestionando el autoritarismo que reina en el pueblo; muchas de ellas están relacionadas con la música. Nuevamente nos encontramos con los opuestos, característicos de lo real maravilloso. Estos opuestos dan cuenta de una realidad americana. Así, Los sueños muertos de Don Ínsula no termina en una historia ficticia de Barlovento, sino que habla de una “americanidad” en sí contradictoria.

Las distintas manifestaciones polifónicas, una rica musicalidad dentro de la obra, forman un contrapunto permanente con los acontecimientos de la historia del pueblo.

El grupo Espacio In-verso logra, con la incorporación de ritmos y melodías del Norte argentino, establecer una relación con nuestra realidad socio-cultural y, a la vez, hacer referencia a los aspectos comunes de la realidad latinoamericana. La historia no se queda así en un caso particular de un pueblo, sino que abarca una realidad donde a pesar de la opresión de un dictador, la diversidad artística y cultural persiste; incluso se pone en evidencia la pluralidad cultural en un mismo territorio.

Don Ínsula ejecuta, con sus movimientos, ritmos afrocubanos que se combinan en la totalidad de la obra con las melodías de Longina y Adarbala. Ésta canta todos sus parlamentos como las bagualas salteñas. Longina, por su parte, repite constantemente la melodía de una famosa canción argentina, que además habla de las características del personaje: “Alfonsina y el mar”. Otra relación musical entre la tradición argentina y la cubana está justamente en Longina, ya que ésta lleva el nombre de una canción popular cubana de Manuel Corona. Vemos entonces nuevamente en la polifonía musical (valga la redundancia) la presencia del realismo mágico donde en un mismo espacio se da una confluencia de sentidos (en este caso, el musical) que en la realidad están alejados culturalmente.

Pero la intertextualidad más rica de la obra de teatro con la novela del escritor mexicano es aún más profunda, tiene que ver con las características del espacio, del tiempo, de los personajes; en definitiva, con el principio constructivo por el cual se muestra una realidad americana.

Estos cuatro personajes interactúan en una relación de opuestos y a la vez de similitudes, como la de padre-hijo, joven-anciano. La relación entre las dos mujeres las une por su femineidad, pero las separa por su relación con Don Ínsula. Adarbala tranza con el gobernante de Barlovento, con los muertos y con los otros personajes; en cambio, Longina se libera de la relación con el opresor. Al representar a Adarbala y a Longina con una sola actriz, también se logra el efecto fantasmagórico de aparición y desaparición repentina que Rulfo verbaliza en su novela.

En un mundo donde cada personaje vive su propia historia aislado de los demás por la violencia aniquiladora del poder del gobernante, donde cada personaje vive su propio espacio mítico, la obra en su conjunto muestra al pueblo como un todo que se refiere críticamente a la realidad.

El juego de opuestos, propio del “realismo mágico” muestra que pueden convivir en un mismo espacio el mito y la razón, que pueden convivir diferentes voces, diferentes melodías y características culturales que sólo geográficamente están lejanas, pero que comparten una misma realidad donde hay muchos Don Ínsulas y muchos Páramos que a pesar de todos los mecanismos de dominación no pueden imponer su única voz.

Fte Columnista invitada,
Por Miryam M. Pagano
Especial para Calchaquimix
Fotos: Isidoro Zang

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *