Randeras tucumanas: forjadoras de sueños y arte entre hilos

Historias de vida en un entramado de hilos de mujeres que trasmiten este arte como patrimonio cultural.

En la ruta provincial nº 325 en Monteros no se perciben voces. En El Cercado, los ruidos estridentes de la ciudad están casi ausentes y la naturaleza recibe con su peculiar paz y calidez. Este pueblo de apenas 1.800 habitantes conserva historia, tradición y un patrimonio cultural trasmitido de generación en generación entre las mujeres del lugar con pasión y dedicación: la randa.

Adentrándonos en tecnicismos, la randa es un tejido de finos hilos que se entretejen formando piezas de gran delicadeza y bordados detallados, requiere de una destreza notable y se remonta a las damas castellanas que pisaron estas tierras en épocas coloniales. Con el transcurrir del tiempo, este legado cobra aún mayor valor.

En una apacible tarde de septiembre, el cielo brilla mientras algunos gorjeos se mezclan con tímidos ladridos de cachorros guardianes, próximos a un humilde hogar abrigado por árboles de generosas copas. Este es el escenario ideal para conocer y desenredar las memorias que ocultan las manos que día a día crean estas maravillas.

Basta solo con dejar la ruta y enfilar hacia la casa que una enorme sonrisa nos recibe. Agustina Sosa es su dueña, orgullosa ama de casa y randera desde su más tierna infancia.

Ya en su galería, un sinfín de coloridas randas blancas, rojas, azules inunda una larga mesada. No son más de cinco las mujeres que nos reciben, pero en cuestión de minutos empiezan a llegar las demás, que con familiaridad y suma sencillez nos dan la bienvenida.

El grupo rompe las barreras generacionales. Son trece mujeres que comparten una misma pasión, enlazadas por el ardiente deseo de progresar y una técnica terapéutica que rompe con los males del día a día. Trece historias entretejidas, congregadas para dar testimonio fiel de su vida atravesada por este tradicional arte.

“Somos diecinueve en el grupo de Las Randeras del Cercado pero en el pueblo hay más de cuarenta”, aclara Agustina mientras teje. Está concentrada tanto en la placentera charla como en las pequeñas escarapelas que tiene como encargo.

Por su parte, a Anice Ariza, otra integrante del pujante grupo, la moviliza el hecho de estar humanamente unida a las randeras: “estar haciendo lo que nos gusta, lo que nos une y continuar proyectándonos hacia adelante. Vamos escribiendo de a poquito esta historia, aportando un granito de arena cada día”, confiesa.

(​De pie de izquierda a derecha: Marta Ariza, María Magdalena Nuñez, María Marcelina Nuñez, Anice Ariza, Silvina Gonzalez, Mirta Costilla, Juana Margarita Ariza y Margarita Ariza. Abajo de izquierda a derecha: Agustina Sosa, Elizabeth Pacheco, María Laura Gonzalez, Silvia Amado y Claudia Aybar)

Historias de vida en un entramado de hilos

Conversar con ellas nos transporta a su cotidianidad y a la historia que yace detrás de cada una. Tejer no es solo un trabajo o una actividad recreativa, pues a la randa la llevan en la sangre… es un legado de sus antepasados, de mujeres de sus familias que la mantuvieron viva a lo largo de los años y que la convirtieron en la herencia que es hoy en día.

Pronto entendemos que tejer es algo natural, inherente a ellas y forma parte de su día a día. Sea de mañana, tarde o noche, verano o invierno, para la randa no existen horarios ni momentos exactos.

Margarita Ariza enseña en los Talleres de Monteros junto con Agustina y es el claro ejemplo de ello, pues al transcurrir toda la tarde no suelta las agujas y narra sus experiencias mientras traza punto tras punto de una malla a medio hacer. Esto también se ve reflejado en la literatura hispana, donde Sancho Panza relata de manera muy particular: “pues no he visto en toda mi vida randera que por amor se haya muerto; que las doncellas ocupadas más ponen sus pensamientos en acabar sus tareas que en pensar en sus amores”.

“Mí día es igual a randa: me levanto y tejo un ratito, hago las cosas y vuelvo a tejer, cocino y lo mismo, y así hasta la noche”, cuenta entre risas Agustina.

Con el correr de las horas, irrumpen a la superficie historias que se refuerzan y se entrelazan, como los hilos en el tejido que permiten el surgir de estas obras de arte. Relatos que movilizan hasta la última fibra y hacen comprender su valor para todas ellas.

A lo largo de sus vidas y como a toda persona, la tragedia y las dificultades hicieron mella en ellas. Situaciones de violencia, desgracias familiares, enfermedades y allí fue cuando la randa, esa práctica aprendida en la niñez, se convirtió en su salvavidas, una terapia que les trajo paz, “un cable a tierra”, como le dice Claudia Aybar.

El entusiasmo por la randa les vibra en las manos y aflora en sus emociones. Claudia, conocida como una de las más pechadoras del grupo, incita a las demás a juntarse, participar en proyectos y fue ella misma una de las primeras en animarse a trabajar con diseñadores de moda. “Antes era muy baja la venta. Por lo tanto, teníamos que pensar en otras formas para que nuestras artesanías se pudieran vender un poco más, salir de los productos que siempre hacíamos, aplicarlo en otras piezas”, relata.

Hace poco tuvo la oportunidad de llevar la randa a Chile y relacionarse con diseñadores y artesanos de todo el país y del exterior. “Se armó como un laboratorio de análisis y veíamos de que manera podíamos trabajar. Yo contaba mi historia, contaba como lo hacía. Fue muy impresionante”, recuerda con ilusión.

Sin embargo, Claudia no es la única que ha tenido la dicha de viajar junto a la randa. El tejido las ha trasladado por diversos destinos de la Argentina y todo el crédito es para ellas, que buscan la manera de participar en muestras, ferias y festivales… Festivales como el que se aguarda cuando la luna alumbre el cielo de ese sábado y que las tiene como protagonistas.

El Festival de la Randa de Monteros, que el municipio local apoya en su organización y difusión, es uno de los más importantes de la provincia y cuenta con trece ediciones ininterrumpidas. En él, las randeras exhiben sus trabajos a todos aquellos que se acercan a disfrutar también de la música folclórica. Quizás por eso aquella apacible tarde se las percibe muy ajetreadas. Algunas de ellas, por momentos, se retiran de la conversación para dirigirse al predio del festival, a solo 200 metros de la casa de Agustina y desde donde se oyen los primeros acordes del cancionero de Sergio Galleguillo, que ameniza gran parte de nuestra jornada en El Cercado.

Enseñar el arte para que perdure

Estas mujeres que tejen como forma de vida, no resguardan celosamente sus habilidades; más bien todo lo contrario, les gusta enseñarles a sus hijos y a todo aquel que se lo pida y muestre interés. Ellas mismas fueron cautivadas desde temprana edad por el tejido y fueron sus madres, abuelas o vecinas quienes les enseñaron los secretos de esta técnica, que tiene mucho de paciencia.

Saben que enseñar a tejer es la única manera de hacer prevalecer la randa para que no se extinga en el tiempo. Sin dudas, gran parte de esa motivación proviene de la carga afectiva y el cariño que le tienen al tejido.

“Mi desafío a futuro es seguir trasmitiendo la técnica a nuestros hijos, a nuestros vecinos, a la juventud de ahora. Es muy importante porque es como un cable a tierra. Una ocupación que a pesar de ser difícil, se puede aprender”, dice Claudia con convicción.

También están aquellas que van un poquito más allá y se animan a enseñar a personas fuera de su familia y de su círculo. Margarita, Anice y Agustina son quienes dedican parte de su tiempo a inculcar esta tradición en talleres que se imparten en Monteros, San Miguel de Tucumán y otras localidades.

A Anice la randa le da “el sentido de tener un trabajo, de tener un ingreso, un medio más para tener trascendencia en el tiempo. Me gusta la posibilidad de expandir esto, de hacernos conocer, de ver que ponemos todo el empuje y las ganas de seguir perfeccionándonos”, manifiesta.

Por su parte, Margarita considera “una satisfacción que otra persona siga con esto. Tengo grupos de personas mayores, incluso hombres. Me gusta enseñar para que no se pierda porque es una artesanía única”, revela con regocijo.

Justamente, en el Mercado Cultural Municipal de Monteros se convoca a personas de todo el sur de la provincia para asistir a los talleres vigentes en la ciudad, donde Agustina y Margarita enseñan. Las clases se dictan los lunes y viernes de 14:30 a 16:30 y los martes y jueves de 14:00 a 15:30 durante todo el año.

Visibilizar la randa

Otra manera que encontraron de llevar la randa fuera de las extensiones del pueblo fue a través de las redes sociales. Elizabeth Pacheco de 28 años, Ely para todos y una de las más jóvenes, se encargó de darle existencia virtual al grupo mostrando todas las creaciones que las randeras tienen.

“La importancia de publicar nuestras obras es que nos conozcan, es buenísimo llegar a más lugares. Tengo muchos amigos que no conocían esta técnica y a través de las redes sociales pudieron conocerla”, cuenta Ely muy satisfecha por todo lo logrado en Facebook e Instagram.

No obstante, una preocupación común que expresa todo el grupo es la poca visibilidad que tienen siendo la randa un patrimonio provincial. Por ello, piden mayor reconocimiento en su pueblo, más allá del apoyo para la fiesta anual, con cartelería que le diga al turista dónde está y qué puede encontrar en El Cercado. Así, las randeras entienden que su trabajo se vería mucho más favorecido y no deberían esperar que los visitantes lleguen siempre por indicaciones de otros.

Sin dudas, luego de una tarde colmada de historias, relatos, música e hilos, nos quedamos con la esencia de cada una de estas mujeres, con la que impregnan cada punto de este tejido tan valioso, el aclamado Oro de Monteros.

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