Jornada de formación política: Género y Política

Comenzaremos introduciendo la cuestión de porque vincular la política y la cuestión de género. Como bien sabemos la política -entendida en un sentido amplio como la actividad que ejercen aquellas personas que buscan hacerse, retener o ejercitar el poder en función de un bien colectivo o común- ha sido un ámbito históricamente limitado a la participación de las mujeres.

Desde los orígenes de la cultura occidental, es posible identificar que las mujeres han tenido un acceso restringido a los puestos de poder vinculados a la organización social. Incluso luego de las revoluciones que inauguraron las nociones de igualdad y libertad entre los hombres, ideas que constituyen los pilares de nuestros sistemas democráticos actuales, dejaron afuera de este concepto a las mujeres. Es recién entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX que se extiende a todos los países del mundo occidental la noción de igualdad política de las mujeres.

En la actualidad, aún se registra en el mundo una marcada disparidad en la participación política y el acceso desigual al poder entre hombres y mujeres. Si bien los índices han ido mejorando y existen no pocos ejemplos de mujeres al frente de gobiernos y en puestos importantes de poder, todavía podemos decir que las mujeres encuentran una barrera al acceso a dichos puestos.

¿Cuál es el origen de este acceso desigual al poder? La privación de las mujeres al acceso a la política y al poder, tiene su origen a la construcción social que se ha dado a lo largo de la historia de la relación entre los géneros. Como veremos más adelante la diferencia sexual que existe entre mujeres y hombres ha sido la base sobre la cual se han construido roles y atributos que vincularon a las mujeres a actividades relacionadas a los ámbitos privados de la vida del ser humano en sociedad y a los hombres a los ámbitos de la producción y la vida pública.

Si bien ha habido momentos en que las mujeres se ocuparon también del aspecto productivo de la vida en sociedad, en especial en momentos de guerras y conflictos armados por ejemplo, la vida política podríamos decir que en su mayor parte estuvo asociada al rol del género masculino.

Para poder responder cabalmente a la pregunta del origen del acceso desigual al poder es que resulta de utilidad abordar el concepto de género en tanto categoría analítica, busca explicar las desigualdades entre hombres y mujeres y pone el acento en el carácter cultural de las identidades, valores y roles que asume lo masculino y lo femenino en las distintas sociedades.

Una vez comprendido esto es posible a través del cristal que aporta la perspectiva de género entender las desigualdades; cómo y porqué se producen y, lo más importante, que podemos hacer para revertir la situación.

Como expresamos en la presentación, para una formación política sólida orientada al logro de una sociedad justa y equitativa, resulta de vital importancia contar con contenidos que ayuden a la comprensión de que los conceptos de lo femenino y lo masculino y las relaciones entre sí son construcciones sociales y culturales que pueden variar en el tiempo y en el espacio.

Si bien en el ámbito académico existe ya desde la década del ochenta y noventa un consenso extendido sobre el carácter social y cultural de lo que define a cada uno de los géneros, en el ámbito de la vida cotidiana, muchas veces se acepta que existe una “esencia” femenina o masculina. ¿Existe esa esencia? ¿Cómo se define qué es lo femenino y masculino? ¿Puede esto cambiar? ¿Siempre fueron iguales hombres y mujeres a lo largo de la historia? ¿Debemos ser hombres y mujeres iguales? ¿Se puede construir una cultura igualitaria aceptando los patrones actuales de que es lo femenino y masculino?

Otro aspecto que es importante destacar que el abordaje de género no busca eliminar las diferencias entre hombres y mujeres, ni considera que estas sean esencialmente negativas, sino que el aspecto negativo de estas diferencias radica en el hecho de que los roles sociales de hombres y mujeres son muchas veces valorados de manera desigual y generan acceso diferenciado a determinados bienes sociales.

Concepto de Género

El concepto de género se refiere a una construcción social y cultural que organiza nociones sobre aquello que sería “propio” de lo femenino y masculino en base a su diferencia sexual. Esta categoría comenzó a utilizarse en los años ´70 y significó un aporte muy importante del feminismo y los estudios de la mujer, como se lo denominaba entonces, para entender las razones de la subordinación de la mujer en la sociedad y fundamentar los reclamos de igualdad entre los sexos.

La visión predominante hasta entonces, denominada “esencialista”, postulaba que lo que definía a hombres y mujeres radicaba en sus diferencias biológicas. Esto lleva a considerar que la mujer, en base a su capacidad para procrear, es la responsable primordial en la crianza de los hijos, su cuidado y educación; define su rol dentro del hogar y extiende sus funciones a la organización y aseo de la casa, el mantenimiento de los lazos familiares, cuidado de ancianos, etc. Mientras que el hombre, dentro de esta visión, define su rol en torno a la “provisión” de los recursos para dicha estructura familiar, por tanto, su rol se define mayormente fuera de la casa y dentro de la estructura productiva de la sociedad.

El aporte del concepto de género vino entonces a separar la diferencia biológica, (que consiste básicamente en la capacidad exclusiva de la mujer de concebir y amamantar) del resto de las atribuciones, roles, capacidades, responsabilidades, formas de ser, etc., que diferencian a hombres y mujeres que vendrían a constituir el género femenino y masculino. Como decíamos anteriormente, lo que define lo “propio” de lo masculino y femenino. Mientras que la diferencia biológica es natural y, podríamos decir, “inmutable”, la diferencia de género varía a lo largo del tiempo (historia) y de sociedad en sociedad.

El rol del género femenino a lo largo de la historia devino en desigualdades en el ámbito jurídico, económico, social, cultural, familiar relegando a la mujer en todos los espacios a una posición subordinada respecto del hombre . En este sentido, en la relación entre los géneros, en tanto relación social, interviene la cuestión del poder, existe un discurso hegemónico al respecto y da cuenta de un conflicto social.

El género masculino y femenino son categorías que se apoyan en la noción de identidad y en tanto tales se pueden ir configurando de manera diferente y no existe por tanto una necesidad de que sean de una determinada manera. Los estudios de género rompieron con la lógica de considerar las relaciones entre los géneros de manera natural, dándole un carácter contingente y no necesario.

De acuerdo a la definición de Barbieri, los sistemas de género se entienden como los conjuntos de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia sexual anatómico-fisiológica y que dan sentido a las relaciones entre personas sexuadas (De Barbieri, 1990 citado en Gamba, 2008: 122). Los estudios de género, por lo tanto, se han dedicado a analizar las características y efectos que dichos conjuntos han tenido para cada uno de los sexos.

Sexo
Dimensión física
Género
Dimensión cultural y social

Diferencia anatómica y
fisiológica entre hombres y mujeres

Conjunto de prácticas, símbolos, representaciones, normas, valores.

Susana Gamba delimita de manera general a la categoría género como una definición de carácter histórico y social acerca de los roles, identidades y valores que son atribuidos a varones y mujeres e internalizados mediante los procesos de socialización (Gamba, 2008:123) y considera que sus principales características pueden sintetizarse de la siguiente manera :

1) es una construcción social e histórica: por lo que puede variar de una sociedad a otra y de una época a otra;
2) es una relación social: porque descubre las normas que determinan las relaciones entre mujeres y varones;
3) es una relación de poder: porque nos remite al carácter cualitativo de esas relaciones;
4) es una relación asimétrica: si bien las relaciones entre mujeres y varones admiten distintas posibilidades (dominación masculina, dominación femenina o relaciones igualitarias), en general éstas se configuran como relaciones de dominación masculina y subordinación femenina;
5) es abarcativa:porque no se refiere solamente a las relaciones entre los sexos, sino que alude también a otros procesos que se dan en una sociedad: instituciones, símbolos, identidades, sistemas económicos y políticos, etc.;
6) es transversal: porque no están aisladas, sino que atraviesan todo el entramado social, articulándose con otros factores como la edad, estado civil, educación, etnia, clase social, etc.;
7) es una propuesta de inclusión: porque las problemáticas que se derivan de las relaciones de género sólo podrán encontrar resolución en tanto incluyan cambios en las mujeres y también en los varones;
8) es una búsqueda de una equidad que sólo será posible si las mujeres conquistan el ejercicio del poder en su sentido más amplio (como poder crear, poder saber, poder dirigir, poder disfrutar, poder elegir, ser elegida, etcétera). (Gamba, 2008:123).

A partir de la irrupción de los estudios de género en las ciencias sociales sucedió que comenzó a utilizarse en estudios sociológicos la palabra género como sinónimo de hombre y mujer, para dar cuenta de cuantas mujeres u hombres participaban de determinado proceso social. Este tipo de uso licua y vacía su verdadero significado y lo acota a la diferenciación por sexo.

La verdadera riqueza del concepto consiste en que nos permite entender e intentar construir socialmente una nueva configuración en las relaciones entre los géneros, que pueda reemplazar la relación asimétrica actual (que se da en el sentido de subordinación femenina) y romper con el discurso hegemónico que dicta que es lo masculino y que es lo femenino.

¿Cómo se construyen las identidades de género?

Desde la primera infancia las personas van incorporando las nociones de lo femenino y masculino moldeando su manera de ser y condicionando sus decisiones. Los juegos, retos y consejos van “orientando” a ser niños o niñas. A la edad de 5 años, la mayoría de ellos ya sabe jugar con camiones o muñecas, vestirse de azul o rosado o golpear y llorar (PAHO).

La perspectiva o enfoque de género

La perspectiva, enfoque o análisis de género refieren a la mirada sobre la realidad o marco teóricoadoptado para una investigación o desarrollo de una política que busca reconocer los distintos roles, asimetrías, tareas que son atribuidos a hombres y mujeres. Si bien la categoría género fue introducida en las ciencias sociales en los setenta, la perspectiva de género penetró en la formulación y análisis de políticas hacia finales de los ochenta y principios de los noventa.

El enfoque fue adoptado por organismos internacionales como por ejemplo el PNUD; y comenzaron a formularse estudios y programas con el propósito de entender las desigualdades de género en términos de distribución de recursos, responsabilidades y poder. Este marco analítico analiza las desigualdades en todas las esferas: la del ámbito de la familia, y el hogar, la esfera privada del mercado y la pública del Estado:

“El enfoque de género para el PNUD supone una forma de observar la realidad que implica una mirada más profunda, que permite identificar los diferentes papeles y tareas que llevan a cabo los hombres y las mujeres en una sociedad, tanto las asimetrías como las relaciones de poder e inequidades. Ayuda a reconocer las causas que las producen y formular mecanismos para superar estas brechas. Contribuye a explicar y ampliar aspectos de la realidad que anteriormente no habían sido tomados en cuenta, y es aplicable a todos los ámbitos de la vida: laboral, educativo, personal, etc.”. (PNUD)

Según Gamba, adoptar la perspectiva de género implica:

a) Reconocer las relaciones de poder que se dan entre los géneros, en general favorables a los varones, como grupo social, y discriminatorias para las mujeres;

b) Que dichas relaciones han sido constituidas social e históricamente y son constitutivas de las personas;

c) Que las mismas atraviesan todo el entramado social y se articulan con otras relaciones sociales, como las de clase, etnia, edad, preferencia sexual y religión.
Adoptar la perspectiva de género en una política pública apunta a eliminar las relaciones asimétricas entre los géneros y favorecer la igualdad y equidad de género.

La Igualdad y la Equidad de género
La igualdad y la equidad de género son muchas veces utilizados de manera indistinta, no obstante tienen un sentido, significado y uso diferente.

La igualdad de género se define como aquella situación en que hombres y mujeres poseen los mismos derechos y las mismas oportunidades de acceder a bienes y recursos socialmente valiosos. No debe entenderse que la igualdad de género tiene como horizonte que los hombres y las mujeres sean iguales, sino que ambos tengan las mismas oportunidades en la vida.

Ante la circunstancia de que grupos sociales tengan oportunidades desiguales, se deben promover acciones que tiendan a equilibrar el acceso a las oportunidades y derechos. El medio para lograr la igualdad de género es la equidad de género.

La equidad de género se define como el trato imparcial entre hombres y mujeres según sus respectivas necesidades. Esto implica tanto un trato equitativo o diferenciado en tanto sea necesario corregir la desigualdad inicial. El logro de la equidad de género implica la incorporación de medidas o políticas específicas que ayuden a compensar desventajas históricas de las mujeres.

Ejemplo: Si analizamos la composición de los parlamentos de los países de nuestro continente y de Europa, veremos que, naturalmente que desde que la mujer obtuvo la plenitud de los derechos políticos, su participación porcentual se mantuvo por debajo del 10% en todos los casos. Ante esta situación de acceso desigual a la participación en el parlamento, se implementaron en varios países leyes de cupo, en tanto políticas de equidad de género para compensar la situación de desigualdad inicial.

PARTICIPACIÓN POLÍTICA DE LAS MUJERES EN ARGENTINA

Las mujeres en los tiempos de la colonia y en la conformación del estado nacional
Como relatan algunos historiadores (Barrancos 2010, Pigna, 2011), la vida de la mujer de los centros urbanos en tiempos de la colonia, e incluso durante las primeras décadas luego de la independencia, estaba gobernada por reglas muy rígidas y transcurría casi enteramente dentro del espacio del hogar, a tal punto que estaba mal visto que una mujer caminara sola por las calles.
Las únicas mujeres que se veían circular por el espacio público eran aquellas que pertenecían a la servidumbre o eran de clase muy baja. En ese entonces las mujeres tampoco tenían derechos civiles, mucho menos políticos, no estaban facultadas para disponer de sus bienes, ni venderlos sin la autorización de sus maridos o padres, según fuese su estado civil.

Aunque las mujeres de clase trabajadora, campesinas, indias o esclavas no estaban atadas a las rigideces propias de la clase alta, tampoco estaban exentas de sufrir las consecuencias de la sociedad patriarcal, incluso estas se manifestaban de manera más violenta y patente. La socióloga Dora Barrancos rescata este aspecto el cual no es frecuentemente recuperado en los libros de historia tradicionales que la historia de la conquista española está signada por el abuso sexual y el sometimiento por la fuerza de las nativas (2010:19). Esta situación se siguió dando hasta la época de la organización del Estado nacional. Durante la conquista del Desierto cuando los indígenas eran tomados prisioneros, las violaciones a las mujeres eran habituales (Argeri: 64).

También el abuso sexual se daba en los centros urbanos coloniales: las mujeres del servicio era frecuente que sufrieran el acoso de sus patrones varones.

También es cierto que existieron durante las guerras de la independencia y durante todo el siglo XIX, mujeres que se destacaron y protagonizaron importantes hechos históricos cuyos roles fueron opacados, poco resaltados o directamente ocultados por la historia oficial. Se trató de mujeres que rompieron con los patrones de la época y cuyo ejemplo fue abriendo camino a la emancipación femenina.

Por mencionar algunas de las mujeres que “rompieron el molde” e influyeron en la vida política de la época, incluso empuñaron armas para defender los ideales de la independencia, podemos hacer referencia a Magdalena Güemes . “Macacha”, según la apodaban, apoyó a las guerrillas salteñas y jujeñas en defensa de los ataques realistas, organizó las tareas de inteligencia para las milicias que comandaba su hermano Martín Miguel de Güemes, fue asesora y consejera en asuntos de gobierno cuando éste fue gobernador de Salta (Pigna, 2011: 227-229).

No podemos dejar de mencionar a Juana Azurduy considerada la más grande heroína de la independencia, al ser líder de la organización de milicias para la resistencia en el Alto Perú. Juana y su marido participaron de las revoluciones de Chuquisaca y La Paz, se sumaron a la expedición comandada por Belgrano en 1813 (Pigna 2011: 233). Luego de la derrota de Ayohuma, organizaron guerrillas para resistir el avance realista. Al final de su larga e interesante historia muere en el olvido y muy pobre a los 82 años.

También existieron mujeres como Mariquita Sanchez , una exponente de la elite porteña cuya vida excepcional, independiente y su visión sobre la mujer rompió los cánones de la época. Su casa era centro de reuniones políticas por las cuales pasaron hombres como Juan Martín de Pueyrredón, Bernardo Monteagudo y Carlos María de Alvear (Pigna, 2011: 226). También fue referente de los hombres de la llamada “Generación del ´37” entre los que se encontraban Echeverría, Alberdi, los hermanos Gutiérrez y Sarmiento, entre otros. Fue amiga de la infancia de Juan Manuel de Rosas, con quien mantuvo una relación de confianza atípica entre un hombre y una mujer en esa época (Pigna, 2011).

La lucha por los derechos de las mujeres de manera organizada y las reivindicaciones por la igualdad en el terreno civil y laboral de las mujeres, recién llega hacia fines del siglo XIX con la influencia de la inmigración europea la cual trae las masas de trabajadores y también trabajadoras que venían con expectativas de mejorar su calidad de vida y muchas veces se encontraban con condiciones de explotación que no estaban dispuestos a tolerar.

Las primeras organizaciones de mujeres feministas estuvieron fuertemente influenciadas por las ideas socialistas y anarquistas surgidas en Europa a mediados del siglo XIX. Una de las primeras organizaciones gremiales de trabajadoras fue la Sociedad Cosmopolita de Obreras Costureras, fundada en 1894 (Pigna, 2011: 416). No es casual que las organizaciones se relacionaran al rubro de la costura, tejido y confección dado que en estas actividades se empleaban mayormente mujeres.

En 1903, se funda la Unión Gremial Femenina (UGF) que adhirió a la central socialista Unión General de Trabajadores (UGT). Las mujeres se iban haciendo presentes también en las luchas para obtener mejoras laborales, así como también se fueron incluyendo reclamos como el promovido por las tejedoras en 1902 contra los acosos y abusos de sus capataces (Pigna, 2011:417-418).

Paralelamente, las mujeres de la clase alta que lograron acceder a estudios universitarios y se interesaron por la política comenzaron a reclamar su espacio en la vida pública.

Hacia la conquista de los derechos civiles y políticos

Las leyes del Código Civil de 1869, denominado Código Vélez Sarsfield, habían colocado a la mujer casi en la misma condición que los menores de edad, dado que no podía comerciar, gerenciar sus propios medios económicos y herencias, profesionalizarse, estudiar, etc. sin el consentimiento de su marido (Barrancos 2006). En 1926, se sanciona la Ley N° 11.357 la cual dictaminó que las mujeres solteras, casadas o viudas quedaban habilitadas para los actos de la vida civil e igualaban sus derechos con los de sus padres, hermanos, maridos e hijos (Fuster Retali, 2000).

Hasta ese entonces una parte fundamental de la agenda de lucha femenina estuvo orientada a remover la inferioridad civil y lograr también el derecho al voto. Uno de los sectores políticos que en el mundo había incorporado la reivindicación de los derechos de las mujeres fue el socialismo. En la Argentina, creado en 1896, tuvo entre sus filas mujeres y hombres que se manifestaron a favor del voto femenino. Alicia Moreau de Justo fue una de las más notables exponentes en esta materia.

A principios de siglo, comienzan a aparecer mujeres pro sufragio, entre ellas las primeras egresadas de la universidad como Elvira Rawson, Cecilia Grierson y Julieta Lanteri . Esta última es considerada la primera sufragista argentina dado que gracias a un recurso por vía judicial habilita un fallo de un Juez que reconoce que el principio de ciudadanía de la Constitución Nacional no hace referencia a un sexo en particular, por lo que la ciudadanía, -y esto implica el derecho a sufragar- abarcaba tanto a hombres como mujeres. Como resultado, Julieta Lanteri es autorizada a votar en 1911. Esta ambigüedad en las leyes es clarificada por la ley Saenz Peña en 1912, en donde se establece el voto secreto, universal y obligatorio y restringe el padrón electoral expresamente a la población masculina.

Recién en los años ´20, junto con los cambios sociales y culturales de la época (“los años locos”), se consolidan las agrupaciones feministas y sus reclamos logran un alto grado de acatamiento entre las mujeres. El 7 de marzo de 1920 se convoca en la ciudad de Buenos Aires un simulacro de sufragio al que asistieron más de 4.000 mujeres a votar (Barrancos, 2006).

Otro claro antecedente de lo que luego iba a culminar en el voto femenino, fue la sanción en 1927, en la provincia de San Juan de una ley que habilitaba a las mujeres a votar. Esta experiencia fue muy efímera en el tiempo dado que la provincia fue intervenida poco tiempo después de celebrarse las elecciones, pero importante precedente en donde incluso fueron elegidas una diputada y una intendenta.

Durante la década del ´30 se presentan varios proyectos de ley en el Congreso de la Nación para ampliar el derecho al voto a las mujeres sin mayor éxito. Uno de ellos, presentado en el año 1932 incluso logró obtener la media sanción de la Cámara de Diputados, pero luego no siguió su tratamiento en el Senado. Otras iniciativas fueron promovidas, pero las mujeres tuvieron que esperar hasta bien entrada la década del ´40 para ver en los hechos su incorporación a la vida política.

El rol del peronismo en la participación política de las mujeres

Luego del golpe de estado de 1943, el entonces Coronel Perón comienza a destacarse entre sus pares y a manifestar una clara preocupación por las cuestiones sociales, en especial por las relacionadas a los derechos de los trabajadores, pero también por la “cuestión femenina”. En este sentido comienza a promover que el derecho al sufragio sea dictado a través de un decreto.

La oposición política a Perón en ese entonces, con el objetivo de descalificar su figura de creciente popularidad tachaban su posicionamiento ideológico de filo-nazi, cuestión de la que también se valieron las agrupaciones pro sufragio femenino para no apoyar la iniciativa del decreto (Valobra, 2006).

La mayoría de las mujeres involucradas en las organizaciones feministas de aquella época formaban parte de la clase acomodada, en su mayoría pertenecientes a familias de inmigrantes, lo que les había permitido acceder a estudios y desde este lugar cuestionar los mandatos sociales. Esta pertenencia a la elite y a la oligarquía les impidió interpelar a las mujeres de clases populares y estuvo asociada también a que no se sintieran identificadas con el peronismo y se opusieran fervientemente a sus iniciativas, incluso a la propuesta de extender el sufragio a las mujeres.

Luego de que Perón gana las elecciones en 1946, habían sido presentados varios proyectos para aprobar por ley el derecho de las mujeres a votar. Ya para esta altura, la cuestión del voto de las mujeres estaba mayormente aceptada en la sociedad. Más bien la aprobación de la ley pasaba por la reticencia de los partidos de la oposición a que el peronismo pudiera “apropiarse” de la extensión de la ciudadanía a las mujeres.

Esto no quiere decir que el tratamiento no estuvo exento de debates, muchos de los cuales giraron en torno, por ejemplo, a cómo iban a organizarse las mujeres el cuidado de la casa el día que tenían que votar. Esto da cuenta, como señala Valobra, que el sufragio se pensaba como un problema que podía llegar a socavar las bases sobre las cuales se organizaba la familia y la sociedad (2006:107).

En este contexto emerge el liderazgo de Eva Perón, quien, a su regreso de una gira diplomática por Europa, impulsa y presiona para que se sancione la ley, organizando una movilización masiva de mujeres peronistas que reclamaban el derecho a voto. Estas mujeres, identificadas con la figura de Evita, poco tenían que ver con las organizaciones feministas anteriores, pero perseguían el mismo fin impulsadas por su líder.

La Ley N° 13.010 es finalmente sancionada en septiembre de 1947, Eva Perón organiza a las mujeres para las tareas de empadronamiento y finalmente es aplicada en 1951 para las elecciones presidenciales. La incorporación de mujeres a la actividad partidaria motiva la creación en 1949 del Partido Peronista Femenino, desde el cual se desarrolló una intensa actividad de creación de unidades básicas y despliegue de acción social.

Con la Fundación Eva Perón, el peronismo se ocupa de las tareas de acción social para los más necesitados: construye viviendas obreras, policlínicos, hogares de tránsito, distribuye juguetes y crea bolsas de trabajo. Uno de los emblemas de la fundación fueron las máquinas de coser que Eva Perón entregaba personalmente en mano a las mujeres que iban en busca de trabajo a la fundación.

Esto muestra un aspecto frecuentemente debatido en torno al rol que el peronismo le otorga a las mujeres: por un lado, no solamente habilita a las mujeres a votar a través de una ley, sino que promueve su participación y que asuman un rol protagónico en la conducción de los destinos del país. Por el otro, muestra a través de las máquinas de coser la visión de una mujer más asociada al rol tradicional del trabajo en el hogar, más que el de una mujer que se desarrolla laboralmente fuera de su casa. Si bien hoy, a la luz de los cambios sociales y dentro del marco de las teorías de género puede cuestionarse esta postura respecto de la mujer, no debemos olvidar la importancia de estas políticas en tanto otorgamiento de derechos y dignidad a las mujeres que hasta entonces nunca habían sido interpeladas en tantos actores sociales, políticos y económicos.

Pese a que el rol del peronismo es muchas veces pasado por alto dentro del feminismo, el otorgamiento de los derechos civiles y políticos a las mujeres estuvo en el corazón de la política peronista desde sus inicios. El peronismo devuelve la dignidad a las mujeres junto a los trabajadores, los ancianos y los niños, grupos sociales que fueron el centro de sus políticas. El voto les abre la puerta a las mujeres a la vida pública, pero también, el discurso de Eva penetra en el interior de los hogares desnudando la realidad del autoritarismo masculino en este ámbito.

En sus discursos dirá: “En las puertas del hogar termina la nación entera y comienzan otras leyes y otros derechos… la ley y el derecho del hombre… que muchas veces sólo es un amo y a veces también… dictador” (Eva Perón, 1997: 206 citado en Valobra, 2006:109).

La situación de subordinación dentro del hogar y de exclusión total de la vida pública, el peronismo dio como respuesta una ciudadanía con identidad sexual maternalista pero que reivindicaba a su vez la importancia de la participación política femenina dentro del hogar, como “columna básica del hogar” en tanto autoridad educadora en el mismo; pero también en la vida pública “en su representación de trabajadora en todas las ramas de la producción y de soldado en sus luchas por el bienestar general y la grandeza de la patria” (Eva Perón, 2011:72).

También Eva hace referencia a su propio rol como compañera del líder del movimiento, demostrando que excedía el modelo de socialización femenino (Valobra, 2006:108). Ella dirá de sí misma: “Nadie me hubiera recriminado ser solamente la esposa del general Perón, confundiendo mis deberes de sociabilidad con mis deberes sociales” (Discursos completos, 1985:32 citado en Valobra, 2006:108).

Al mismo tiempo también reivindica el rol de las mujeres en la historia “La historia de nuestro pueblo y la de todos los pueblos del mundo muestran a la mujer en la vanguardia de todas las gestas colectivas, hombro a hombro con sus hombres, con sus hijos y con las reivindicaciones de su época…..Manuela Pedraza representa a nuestras ascendientes libertadoras, y las descamisadas de Octubre simbolizan a nuestra mujer, entregada a la producción, consciente de sus derechos sociales y dispuesta a defenderlos….En aquel entonces, como madre y como esposa trabajadora; ahora como ciudadana también, que ha aceptado nuevos deberes pero que ha logrado conquistar derechos nuevos, entre ellos el de votar” (Eva Perón, 2011:28).

Si bien es cierto, como decíamos anteriormente, que la postura de Evita respecto del rol de la mujer en la sociedad es tradicional, en el sentido de que continua asociándolo a la vida maternal y del hogar, a la vez que le suma la nueva responsabilidad de la ciudadanía, las feministas de otros partidos no divergían demasiado en estas posiciones, dado que “el feminismo bien entendido” era aquel que reivindicaba los derechos civiles y políticos de la mujer, pero de ninguna manera pretendía que la mujer sea “igual al hombre”. Por lo que, en realidad, lo que oponía a las mujeres socialistas e integrantes de los movimientos sufragistas anteriores era básicamente un feroz antiperonismo.

La participación política femenina a partir de la Ley del Sufragio Femenino

Previo a la aplicación por primera vez de la Ley 13.010, los partidos tuvieron que implementar distintas estrategias para incorporar al nuevo grupo poblacional que sumaba sus votos. Hemos visto como el partido peronista organizó a través de la figura de “las censistas” la confección del padrón femenino nacional y la posterior creación del Partido Peronista Femenino.

La estrategia de los partidos políticos respecto de la incorporación de las mujeres fue diversa y tuvo distintas consecuencias en la participación política de las mujeres en lo sucesivo. También reveló prontamente que no bastaba la ampliación de derechos y que habría muchas otras barreras visibles e invisibles que impedirían el acceso a la política en igualdad de condiciones que los hombres.

La mayoría de los dirigentes del partido radical no estaban interesados en incorporar a la estructura de las decisiones a mujeres y de hecho no llevó ninguna candidata mujer para ninguno de los cargos a las elecciones de 1951. Por su parte, el partido socialista, con larga trayectoria en la reivindicación de los derechos de las mujeres, ya contaba con mujeres de figura relevante entre sus filas como Alicia Moreau de Justo, Leonilda Barrancos, María Luisa Berrondo y Delia Etcheverry (Valobra, 2006:112). Sin embargo, su estrategia no estuvo centrada en afiliar a nuevas mujeres en forma masiva, sino más bien en oponerse firmemente a las políticas del gobierno peronista.

El Partido Comunista sí realizó tareas de organización de mujeres, comunistas y no comunistas, dado que consideraba que podía disputarle el terreno al peronismo en conseguir adhesiones por parte de las mujeres de clase baja. Fue el único partido que llevó a una mujer en su fórmula presidencial en el cargo de vicepresidenta.

Como resultado de estas primeras elecciones, 6 mujeres accedieron a bancas en la Cámara de Senadores de la Nación y 23 de ellas accedieron a puestos en la Cámara de Diputados de la Nación, todas de la mano del justicialismo. También hubo gran presencia femenina en los cargos legislativos provinciales con 58 diputadas y 19 senadoras.

Las transformaciones sociales de las décadas sucesivas fueron modificando el rol tradicional de la mujer de manera más profunda, especialmente tras los cambios socioculturales de la década de los sesenta y setenta y la denominada “segunda ola del feminismo” que trae de la mano nuevas reivindicaciones asociadas a la sexualidad, la configuración de la familia, la desigualdad de hecho y los derechos reproductivos, entre otras.

En nuestro país también fue muy importante durante estas décadas la presencia femenina en las organizaciones políticas juveniles y, posteriormente, las organizaciones Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que jugaron un rol importantísimo durante la última dictadura militar en la defensa de los Derechos Humanos.

Con la llegada de la democracia, surgieron los debates en torno a la cuestión del acceso por parte de las mujeres a cargos electivos. Largas discusiones en Argentina y en el mundo se dieron en torno a la implementación de medidas de “acción afirmativa” como el establecimiento de cuotas mínimas obligatorias en las listas de los partidos.

Las cuotas o cupos se fundamentan en que la igualdad de oportunidades puede ser entendida como un trato igualitario o como un resultado igual. Partiendo de una realidad desigual, un trato igualitario no lleva a un resultado igual, por lo tanto para lograr resultados iguales es necesario un trato diferenciado (Giovanni Sartori, 1990).

Este principio fue entendido e incorporado en la legislación argentina (y en muchos otros países de la región años más tarde) a través de la Ley de Cupo sancionada en 1991. La norma establece que las listas de candidatos presentadas por los partidos políticos a la justicia electoral, deberá tener un mínimo de 30% de mujeres colocadas en posiciones en las que puedan resultar electas.

Hasta 1991, las mujeres ocupaban un promedio de entre el 4 y 5 por ciento de las bancas en el parlamento, por lo que esta ley ha significado un gran avance en la igualdad del derecho de las mujeres a ser electas y modificó enormemente la composición de las cámaras legislativas a nivel nacional .

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

A %d blogueros les gusta esto: