Recordarán al «Cuchi» Leguizamón «Intimo»

 

Con el apoyo de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta, la Unión Salteña de Escritores (U.S.D.E.) y Músicos Independientes Asociados de Salta (MIAS), recordarán al «Cuchi» Leguizamón en una gala denominada Intimo, el martes 28 de septiembre, a las 19.30, en la sala Mecano, con entrada libre y gratuita.

 

Juan Ahuerma Zalazar y Cesar Alurralde serán los responsables de acercarnos historias, anécdotas y tramos de su vida, para recordar y homenajear a este destacado salteño. Se exhibirán fotos, referencias bibliografías, efectos personales y habrá un par de sorpresas más para compartir un momento emotivo e inolvidable.

El “Cuchi” Leguizamón

Gustavo «Cuchi» Leguizamón nació en Salta el 29 de septiembre de 1917 y falleció el 27 de septiembre del 2000. Músico, compositor y pianista. Uno de los referentes y renovadores fundamentales de la música popular argentina. Su primer premio lo obtuvo recién en 1965 con La zamba soltera («…pobrecita la Inesita, tiende ancho y duerme solita…»). Si bien jamás fue al Festival de Cosquín en 1973, ganó el premio con la zamba Bajo el azote del sol, con letra de Antonio Nella Castro. Abogado de profesión, ex Fiscal de Estado de la Provincia de Salta por méritos propios, diputado nacional por avatares de la política y, fundamentalmente, creativo, músico de alma, cantor social y personaje único lleno de ironías, historias y sentencias.

Una historia al revés de los convencionalismos

Comenzó a los dos años tocando una quena que le regaló su padre, luego la guitarra y el bombo hasta que el piano lo atrapó. Estudió y se recibió en La Plata, donde cantó en un coro universitario y jugó al rugby y después fue profesor de historia y filosofía, diputado provincial y durante 30 años ejerció la abogacía hasta que un día se dijo: «Estoy harto de vivir en la discordia humana…ya sé cual es lo que me hace feliz y donde está la función social de la música». Era un enamorado de la baguala (“toda gran zamba encierra una baguala dormida: la baguala es un centro geopolítico de mi obra), pero también amaba a Bach, Mahler, Stravinsky, Beethoven (al que definió como «definitivo»). Amigo del «Mono» Villegas, admiró, también a los brasileros: Buarque, Vinicius y Nascimento; y al jazzista Duke Ellington. Organizaba conciertos de «campanarios» en todo el NOA y hasta quiso hacer lo mismo con las locomotoras. Protagonizó en la legislatura debates memorables para proponer «el descongelamiento cerebral» y mientras mascaba hojas de coca y defendía la costumbre de su tierra embestía con mayor fiereza contra una burocracia sorda que impedía importar pianos. Obtuvo numerosos reconocimientos, hizo la música para la película La Redada y fue, y es, admirado por sus pares a nivel mundial y de los más diversos cantantes que interpretaron e interpretan sus obras – desde los Illpau hasta la joven Esperanza Spalding; y su versión de Cantora de Yala.

Nuestra deuda al rebelde con causa

Al Cuchi le debemos su amistad con el gran poeta Manuel J. Castilla y la gestación de obras memorales como Zamba de argamonte, Zamba de Anta, Balderrama, La Pomeña, Zamba de Lozano, Maturana, La arenosa, Zamba de Juan Panadero, Zamba del pañuelo, Cantor del obraje, Zamba del carnaval; entre otros temas. Musicalizó a Jorge Borges, Pablo Neruda, Anzoátegui, Jaime Dávalos (ejemplo conmovedor: Zamba de los mineros), Miguel Ángel Pérez (Si llega a ser tucumana, entre otros), Armando Tejada Gómez (Zamba del laurel y más).

Hay un par entrevistas, estudios y tesis del Cuchi Leguizamón, entre ellos «A solas con el Cuchi Leguizamón» de Humberto Echechurre, pero seguramente la mejor manera de conocerlo sea su propia obra, como: «Pobrecito Tata Dios / siempre solito y ausente / se moriría de aburrido / si no fuera por la gente…» o siendo abogado y compuso Chacarera del expediente y hasta le escribió una canción de cuna al vino: «Si el vino me ha dormido tantas veces, es justo que yo lo acune alguna vez».

Un dúo de tres

Su musicalidad y asonancia fue única y componía algunas de sus obras a la medida de la interpretación del Dúo Salteño con quien mejor acuñó las disonancias que emergían como duendes traviesos de las melodías. Sus hijos más fieles: Chacho Echenique y Patricio Jiménez supieron jugar el juego del Cuchi, atravesar con la música y la voz y hacer del canto argentino un canto universal, bello, único y eterno.

 

 

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