20 horas de espera para un niño wichí enfermo

El sábado 28 de agosto el cacique de la comunidad Santa Victoria Este II, cercana a la zona de Cañaveral, en ese departamento, debió llevar a la noche a su hijo, de dos meses, porque tenía fiebre y respiraba con dificultad.

Aniceto Tichil Mendoza, nombró a su hijo Aniceto Tumegem Mendoza y lo designó futuro cacique como él. El nombre wichí, TUMEGEM, significa “Lo que le toque”.

Lamentablemente en su corto camino de vida, debió enfrentar una situación que no es ajena a las comunidades originarias. La falta de atención y cómo los invisibilizan es inherente a la condición de indígenas.

Aniceto, de profesión maestro Bilingüe, ahora sentado en el banco que está al costado del estacionamiento de emergencias para adultos en el Nuevo Hospital, en una noche fría de sábado 4 de septiembre, espera la ambulancia que lo trasladará junto a su esposa de regreso a su comunidad, llevan consigo el pequeño ataúd que contiene el cuerpecito de Tumegem.

El cacique, con una entereza visible, se repone y narra: “en el hospital de Santa Victoria, lo atendieron a mi hijo y le aplicaron amoxi de 1500, paf y nebulizaciones, como una emergencia, pero eso fue cuando lo llevamos por segunda vez a la noche, primero sólo le tomaron la temperatura y nos mandaron a la casa, sin otra orden por cumplir. Pero a la madrugada del jueves 2 de septiembre notamos que el bebé respiraba muy débil. Llegamos nuevamente a la guardia y allí la misma doctora que vimos los días anteriores, se puso pálida, lo llamó al Dr. Fleming, jefe del hospital y decidieron que por la gravedad del caso debían derivar a Tartagal al niño”.

Otro viaje a la incertidumbre

La ambulancia no podía arrancar, tenía problemas con el motor, después que la arreglaron, dos horas más tardes, partieron a un viaje que por los caminos iba sacudiendo en la caja de la vieja camioneta, a la madre que sostenía un respirador manual sobre la boquita del bebé.

Cuando por fin estuvieron en el hospital Juan D. Perón de Tartagal, los médicos revisaron al pequeño, dijeron que estaba muy grave y que debía ser atendido en Salta, ya llevaba 12 horas de viaje y para cuando dispusieron del avión sanitario se cumplían las 16 horas en las que sólo la madre sostenía el bombeo de aire sobre la boca y nariz de su hijo, ahora pálido.

Se dispuso el traslado, los acompañó un médico que reemplazó la mano materna que bombeaba aire a pedido del cacique que les reclamó tomen su lugar como profesionales porque ellos no estaban en condiciones de continuar haciendo eso.

A las 16 horas del viernes 3 de septiembre el avión sanitario llegó a Salta, Aniceto recién se daba cuenta que pisaba la capital vestido con las ropas del Chaco salteño y apenas con su DNI en el bolsillo y un celular con el que se contacta con sus familiares. Solos con el bebé grave, fueron dejados en el nuevo hospital, el médico se retiraba sin pedir el diagnóstico de su paciente y sin mediar palabra alguna con sus progenitores.
Aniceto, recordó a sus amigas en Salta, Alejandra Paredes y Tatiana Larraoux, la primera periodista y la segunda administrativa del Observatorio de Derechos Humanos de la Nación. Caía el sol, eran las 19 hs del viernes y alojado su hijo en una habitación común del CIM Pediátrico del hospital no hubo médico que viera al paciente, cuyo último estado observado era grave.

Tiempo más tarde, a las 20.15hs luego que sus amistades hablaran con varias personas cuyas relaciones con el hospital permitirían consultar con un médico, los padres ven frente a ellos un despliegue de 10 empleados en la habitación 203, que permitiría el traslado e ingreso a la terapia intensiva del paciente de sesenta días de vida. Ya eran 20 horas las que Tumegem respiraba con gran dificultad. Pasó la noche, los médicos de la terapia hablaban con los padres y les explicaban del difícil trance por el cual pasaba su hijo.

Sobre las sillas de plástico del hall que está a puertas de la terapia, dormía el padre con un permiso de palabra, porque no está permitido esto, mientras su esposa estaba al lado del bebé sin moverse con la esperanza de notar una leve mejoría.

El sábado, después del temblor que sacudió a Salta, moría TUMEGEM, con sus órganos colapsados por la falta de oxígeno en sangre. Su mamá sentía cómo le punzaban los pechos llenos de leche y era atendida en la sala de emergencia para adultos, desde donde una cucaracha salía ante los ojos de un lugar repleto de pacientes en espera.

Hasta eso, otra etapa venía, la de conseguir el traslado al pueblo del paciente fallecido y sus padres. El cacique Mendoza, se comunica telefónicamente con la autoridad de asuntos indígenas, Calermo, quien le dice que aquí los sábados no se trabaja y que la vuelta a la comunidad, con suerte sería el lunes o martes, y se desentiende así de la familia wichí que necesitaba un cajoncito para el niño y un transporte a Santa Victoria.

Nuevamente, Alejandra y Tatiana, ahora acompañadas por el equipo de Derechos Humanos de la Nación, logran mediante el diputado René Villa, su esposa Blanca Saade, el oficio de la Licenciada Marcela Alvarado y las intervenciones de los periodistas Lucía Mallozzi y Juan Pablo Rodríguez, el ataúd y el traslado de los padres de regreso a su lugar de origen.

“Quiero un trato como ciudadano”

Aniceto sube el féretro a la caja de una F100 que está pintada como una ambulancia, se da vuelta y dice: “no queremos que nos traten como reyes y príncipes, sino como ciudadanos, que nos respeten y nos traten bien, como personas. Esto me pasó a mí para que no le pase nunca más a nadie, yo por suerte se hablar el castellano, pero para los hermanos que no saben y no conocen a nadie aquí que hubiera sido”.

(FM Ya)

 

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