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Mensaje de Cuaresma del Arzobispo de Salta

Este miércoles 25 de febrero comenzaremos, con toda la Iglesia el sagrado tiempo de cuaresma. Se trata de ponernos en camino hacia la Pascua para vivir la experiencia del poder de Dios que “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”, como lo canta el Pregón Pascual; esta es la consigna que nos da el Papa Benito XVI en su Mensaje cuaresmal para este año.

Siguiendo las indicaciones del Santo Padre es oportuno reflexionar sobre el valor y el sentido del ayuno. El mensaje papal ha de ser una guía para todos. Me permito sugerir algunas reflexiones. Nos debe animar el ejemplo de San Pablo quien les dice a los corintios: “En mis innumerables viajes pasé… cansancio y hastío, muchas noches en vela, hambre y sed, frecuentes ayunos, frío y desnudez” (2 Cor 11, 26.27). También nosotros, en el viaje cuaresmal, queremos emprender un estilo paulino de entrega a Jesucristo, que es el Poder de Dios.

¿Qué significa ayunar?

El ayuno es una práctica que se encuentra en todas las religiones. Se trata de la abstención temporal de la alimentación por razones religiosas.
En el Antiguo Testamento Moisés ayuna antes de recibir los mandamientos (Ex 34,28) y también lo hace Daniel (Dn 9,3). El ayuno expresa la sumisión a Dios de individuos, como David (2 Sam 12,16ss)  y de pueblos, como el pueblo de Israel (Jue 20,26ss) y va acompañado de la oración, como lo indica el profeta Jeremías (Jer 14,12). Los profetas enseñan que el ayuno es un abajamiento del alma que conduce a la acción moral (cfr. Is 58,1ss) e implica necesariamente el arrepentimiento.
Jesús inaugura su ministerio con un ayuno de cuarenta días como lo hizo  Moisés. Para el Señor el ayuno es un servicio a Dios y una señal de verdadera conversión. Nos enseña a ayunar en secreto. En este tiempo de esperanza entre la Pascua y la Parusía el ayuno se convierte en una señal de actitud interior.

¿Qué significa hoy el ayuno para nosotros?

El Siervo de Dios, Pablo VI, afirmaba en su encíclica Populorum Progressio en 1.967: “A cada uno toca examinar su conciencia, que tiene una nueva voz para nuestra época” (47).
El ayuno tiene una dimensión física: se trata de privarnos de alimentos o de otras cosas, como por ejemplo, de diversiones, del cigarrillo, de la televisión, del alcohol, de dulces… Pero la dimensión física, externa del ayuno, debe ser signo de una realidad interior. Según esto, nuestro ayuno cuaresmal ha de ser signo de:
1.Nuestro vivir de la Palabra de Dios: Sin la Palabra de Dios que nutre nuestro ser el ayuno se vacía. La Palabra de Dios es la fuente que reconstruye vínculos destruidos por la vacuidad de tantas palabras inútiles y mentirosas. Desde ella hemos de recorrer el camino cuaresmal buscando reconstruir la confianza entre los hermanos, entre los ciudadanos de nuestra patria. Decir la verdad, tratarnos con respeto, cumplir los compromisos, sostener la palabra, son caminos para vivir esta realidad interior del ayuno en nuestro hoy. Crecer en fidelidad a lo prometido reconstruirá las familias y también el tejido social que sufre un fuerte deterioro por tantas promesas incumplidas.
2.Nuestra voluntad de expiación: “Ayunamos por nuestros pecados, para poder celebrar los misterios” enseña San Juan Crisóstomo. ¡Hay tantas situaciones de pecado y de injusticia que nos estimulan a ofrecer nuestro sacrificio unidos a la Cruz redentora del Señor!. Asumamos la responsabilidad del ayuno iluminados por la exhortación de Pablo: “estén atentos, permanezcan firmes en la fe, compórtense varonilmente, sean fuertes. Todo lo que hagan, háganlo con amor” (1 Cor 16,13-14). El Padre Dios nos invita a ser solidariamente austeros en la crisis que golpea a la puerta de tantos hombres. No ayunamos para ahorrar sino para compartir.
3.Nuestra abstinencia del pecado: Decía San Agustín: “El ayuno verdaderamente grande, el que compromete a todos los hombres, es la abstinencia de la iniquidad y de los placeres ilícitos; éste es el ayuno perfecto”. El pecado destruye nuestra dignidad de hijos de Dios, corroe nuestra libertad, deteriora nuestra relación con Dios y con los hermanos. Cuando nos empeñamos seriamente en el camino de la santidad crecemos en libertad y en felicidad. Como Iglesia particular estamos llamados a sembrar semillas de vida en medio de la sociedad, semillas de una nueva cultura, la cultura del amor.
Que el itinerario cuaresmal que iniciamos en compañía de María, la Madre que peregrina en la fe, sea para cada uno de nosotros una desafiante oportunidad para renovar nuestro bautismo.

 

Mario Antonio Cargnello

Arzobispo de Salta

 

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