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Lucrecia Martel la “Mujer” con cabeza

El Festival de Gijón edita un libro sobre la cineasta Lucrecia Martel, abanderada del esplendor del Nuevo Cine Argentino. 

Con apenas tres largometrajes (La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza), Lucrecia Martel (1966, Salta) ocupa ya un lugar de referencia entre la cinefilia más exigente, que la ha convertido en abanderada de una generación de jóvenes cineastas que, bajo la coyuntural etiqueta de Nuevo Cine Argentino, impulsada desde el Bafici de Buenos Aires, publicaciones como El amante y con el apoyo entusiasta de críticos como Quintín, David Oubiña o Sergio Wolf, ha protagonizado buena parte de las secciones competitivas de los festivales internacionales más prestigiosos a lo largo de la última década.

En su pasada edición, Cannes consolidaba (y por tanto, daba por zanjada) las derivas de este NCA al incluir en su sección oficial las nuevas películas de Martel (La mujer sin cabeza) y Pablo Trapero (Leonera), directores que, junto a Martín Reijtman, Adrián Caetano, Daniel Burman o Albertina Carri, empezaban a rodar sus primeros filmes de bajo presupuesto a mediados de los años 90 de manera independiente, para reivindicar la singularidad de sus poéticas y una extemporánea modernidad (que recupera el legado de autores marginales como Leonardo Favio) ajena a los modelos del cine industrial argentino. También en 2008 Lisandro Alonso (Los muertos) repetía en la exquisita sección Un certain regard con su nuevo filme Liverpool, que, como el de Martel, cuenta con producción española.

Siempre atento a estos movimientos sísmicos en el cine mundial, el estimulante Festival de Gijón se argentinizaba en su pasada edición para convocar en su competición a Alonso y a otros dos nuevos jóvenes valores argentinos como Celina Murga (Una semana solos) y Pablo Agüero (Salamandra), y dedicándole además una retrospectiva y un libro a Lucrecia Martel.

Coordinado por Marcelo Panozzo, La propia voz, el cine sonoro de Lucrecia Martel apunta ya desde su título una de las singularidades de su cine. A saber, el despliegue de una puesta en escena física, sensorial y densificada en la que el sonido (la palabra, la cadencia -musical- del habla, los ruidos, los ambientes) está destinado a convertirse en elemento estructural antes que en mera ilustración de las imágenes, generándose así una interesante emancipación que contribuye a un cierto extrañamiento. Cineasta de la opacidad de cuerpos, que en ocasiones parecen moverse como zombis por un espacio realista contagiado por elementos y atmósferas propias del cine fantástico o de terror, cineasta del fuera de campo y del tiempo quebrado y suspendido, Martel cose su cámara táctil a la escena para colocarnos en medio de la situación y observar y oír desde un lugar que no corresponde tanto a la objetividad del relato (definitivamente disgregado) como a la subjetividad (los deseos, las carencias, la incertidumbre, la amnesia, el desdoblamiento, motor de todo el dispositivo de La mujer sin cabeza a partir de un accidente incierto) de sus personajes. Emancipados de toda funcionalidad narrativa, la cámara y el micrófono de Martel auscultan así la interioridad de la superficie, el ceremonial, a veces siniestro, acuoso e inquietante, de unos personajes atrapados en una red social (la familia, la comunidad pequeño-burguesa, el pueblo de provincias: sus historias no han salido de los alrededores de su Salta natal) que funciona como un universo referencial a través del cual podría explicarse todo un país, toda una condición de clase.   

 Fte diario de Sevilla

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